Valor del Mes: Asociarse
Lema del Mes: “Reúnanse todas las gentes y los pueblos” (Is 43,9)

Título de Nuestra Señora de la Altagracia.

Título de Nuestra Señora de la Altagracia. El título de Nuestra Señora de la Altagracia viene dado desde las Sagradas Escrituras, y hace referencia a los dones y las gracias que María recibió al dar el sí a Dios. El culto a la Virgen tiene raíces profundas en la Palabra revelada y sólidos fundamentos en las verdades de la doctrina católica, tales como:
- la singular dignidad de María, Madre del Hijo de Dios y, por lo mismo, Hija predilecta del Padre y templo del Espíritu Santo; por tal extraordinaria gracia aventaja con mucho a todas las demás criaturas, celestiales y terrestres; - su cooperación incondicional en momentos decisivos de la obra de la salvación llevada a cabo por su Hijo; - su santidad, que ya era plena en el momento de su concepción inmaculada y que, no obstante, fue creciendo más y más a medida que se adhería a la voluntad del padre y recorría el camino del sufrimiento, progresando constantemente en te, esperanza y caridad; - su misión y el puesto que ocupa, único en el Pueblo de Dios, del que es al mismo tiempo miembro eminente, ejemplar acabado y Madre amantísima; - su incesante y eficaz intercesión, mediante la cual, aun habiendo sido asunta al cielo, sigue mostrándose cercana a los fieles que la suplican y aun a aquellos que ignoran que realmente son hijos suyos; - su gloria, en fin, que ennoblece a todo el género humano, como lo expresó maravillosamente el poeta Dante: «tu eres aquella que ennobleció tanto la naturaleza humana, que su Creador no desdeñó convertirse en hechura tuya»; en efecto, María pertenece a nuestra estirpe como verdadera hija de Eva, aunque ajena a la mancha de la madre, y verdadera hermana nuestra, que ha compartido en todo nuestra condición, como mujer humilde y pobre. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen Nazarena, por orden de Dios, es saludada por el ángel de la Anunciación como «llena de gracia» (cf. Lc 1, 28), a la vez que ella responde al mensajero celestial: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

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